Un terrible terratrèmol ha deixat al seu pas 3 milions de persones afectades a Haití i la xifra de morts va camí de les 100.000 persones. Fins ací tot sembla una dramàtica tragèdia natural, un moviment de terres que fa trontollar tot i que desfà vivendes, infrastructures i persones.
Clar que… per què passen aquestes coses? És la natura incontrolable l’única responsable d’aquest esdeveniment?
Al segle XXI, tenim sismògrafs que ens ajuden a previndre i detectar moviments de terra, i tenim edificis capaços de suportar terratrèmols de major gravetat que l’esdevingut a Haití. Llavors, si aquestos avanços existeixen, què va passar? Cap sorpresa, a Haití no existeixen. Haití està patint com està patint per ser un país immensament pobre, amb 2/3 de la població vivint amb 2 dòlars al dia i una taxa d’atur del 40%.
Peguent-li una ullada a la seua història de la mà de Pedro González, que té publicat un article a la següent web (http://www.diariocritico.com/2010/Enero/opinion/gonzalez/190210/gonzalez.html), del qual passe a reproduir-vos la part centrada en la història del pobla haitià. Ací trobarem elements clau per entendre el perquè de la seua pobresa. A partir d’ací que cadascú/una traga les seues conclusions.
“Haití es el segundo país que se independizó de una metrópoli europea después de Estados Unidos. Pero, a diferencia de la actual gran superpotencia, aquella república de antiguos esclavos negros jamás conoció otros parámetros que los de la más absoluta miseria. Cedida por España a Francia en 1697 por el Tratado de Ryswick, la colonia haitiana se convertiría desde entonces en la mejor del imperio galo gracias al auge de su sistema de plantaciones, viable por supuesto en la medida en que se gestionaba mediante la explotación esclavista.
La guerra de la independencia de las colonias americanas de Inglaterra primero, y la Revolución Francesa inmediatamente después, alumbraron un Haití teóricamente libre el primer día de 1804, tras el correspondiente derramamiento de sangre. Y, como nada es gratis en la épica de la historia, Francia no reconocería ese estatus a su ex colonia hasta 1826 tras obligar al gobierno haitiano a pagarle 150 millones de dólares-oro, una deuda descomunal para la época. El Vaticano tardaría sesenta años en reconocer la independencia de Haití y Estados Unidos esperaría aún más, hasta que lo decidió finalmente el presidente Abraham Lincoln.
Deshecho el imperio español, sucedido en las taifas del criollato, Haití no era un buen ejemplo para las nuevas repúblicas independientes americanas. Sí, “América –el continente- para los americanos”, pero manteniendo que siempre hubo clases. O sea, Francia, pero tampoco España, podían reconocer a una república absolutamente insólita por haber surgido a partir de los negros trasladados como esclavos desde las costas africanas de Senegal. De ahí que, a modo de mal menor, Haití estuviera regido desde mediados del siglo XIX por una minoría mulata, fruto obviamente del cruce entre los amos blancos y las primeras esclavas negras africanas.
La originaria isla La Española, primera tierra americana pisada por Colón, terminaría también por establecer una radical línea divisoria. El Haití independiente intentó la anexión de la parte oriental de la isla, que no solo se resistió sino que consiguió su propia independencia, estableciendo una república antitética de la haitiana, es decir con predominancia del poder en manos de criollos blancos.
Aquella fracasada aventura bélica haitiana determinaría su futuro de miseria. El país se convertiría de hecho en un gueto mulato-negro, con todo un primer tercio del siglo XX bajo la ocupación de soldados estadounidenses. Washington sometió a Puerto Príncipe a largos periodos de embargo comercial, práctica que luego extendería a Cuba durante toda la segunda mitad del siglo XX.
Con estos antecedentes no es, pues, extraño que Haití se convirtiera en la finca privada de dictadores como François Duvalier (Papá Doc) y su hijo Jean-Claude (Baby Doc), cuyas prácticas corruptas apenas si tenían que envidiar a las de otros dictadores latinoamericanos, preludio por otra parte de las que se registran en el continente africano desde la descolonización de los años sesenta del pasado siglo.
Desde 1986, en que se produjo la gran insurrección popular, Haití no ha conocido apenas un momento de respiro. Leslie François Manegat, el general Namphy, Prosper Avril, Erthe Pascal Bouillot, Jean-Bertrand Aristide y René Preval componen la lista de inquilinos de un palacio presidencial de blanca arquitectura colonial, ahora reducido a escombros como la práctica totalidad de los edificios más emblemáticos de la capital y de los principales núcleos de población del país.
El terremoto ha hecho tabla rasa de decenas de miles de vidas, de millares de edificios y, sobre todo, de un panorama vital absolutamente desesperanzado. Casi la mitad de la población vivía con menos de un dólar al día, y dos tercios, con menos de dos. Una superpoblación de diez millones de personas, en su mayoría analfabetas, ha comprobado cómo las catástrofes se ceban más con los miserables.
El país se ha acostumbrado a malvivir merced a una ayuda humanitaria de Naciones Unidas siempre insuficiente. Sus índices de producción son los más pobres de toda América, e incluso su propio paisaje, antaño verde y feraz como corresponde a la geografía antillana, se ha tornado pardo plomizo, fruto de una deforestación salvaje y de la falta de mínimos en sus infraestructuras de saneamiento.”
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