El Tren

Hacia rato que las paredes me transmitían el embriagador sonido de aquella voz, entrecortada en ocasiones por los roces de las ruedas del tren al cambiar la vía.

Aquel sonido llenaba toda la estancia, perfumándola con melodías que me transportaban a selvas desconocidas e iban creando en mí un estado de sútil ebriedad.

Cada palabra oída a través de la pared que separaba nuestra corta distancia, me hacía sentir una excitación que iba “in crecendo” conforme me iba imaginando en ella el cuerpo de aquella dama que en susurros hablaba. Cada sílaba me contaba de su exquisito pelo flotando por su espalda desnuda, como en una cascada sin fin, sus curvas pronunciadas en sus caderas describiendo colinas sinuosas que escondían secretos placeres…. Aquellos labios turgentes y plenos, bailando al compás de las vocales en síntonia con sus pechos que danzaban acompasados por el rirmo de su respiración.

Me tenía totalmente hechizado, no podía hacer otra cosa sino deleitarme con aquel susurro. No podía verla pero su imagen se presentaba tan clara delante de mí… su piel, su aroma…

El tren paró, las luces se apagaron, el silencio de la sorpresa fue roto por la algarabía de la gente que histérica preguntaba sobre el origen de aquello.

Mis pies hecharon a andar involuntariamente, a tientas abrí la puerta y anduve los escasos dos pasos que me separaban de ella. Su puerta se abrió.

Mis ojos seguían sin poder verla pero solo tuve que aspirar su perfume para saber que era tal y como la imaginaba. Ella dió un paso hacia el interior y la seguí. Mis manos se deslizaron por su pelo sedoso cubriendo sus senos y sus caderas. Estaba desnuda, esperándome.

Mi boca buscó la suya y se posó absorviendo el nectar de su cálida saliva. Aquella boca, fuente de música exquisita…., mientras, mis dedos recorrían cada parte de ese desierto de dunas que era su cuerpo.

En el oasis de su entrepierna mis dedos enlentecieron su camino, describiendo poco a poco espirales ascendentes que le hacían suspirar…. Subían lentamente en círculo hasta traspasar la puerta de su arroyo. Mojados y resbaladizos iban descubriendo las notas musicales que componían la mas bella canción cantada. Ella la cantaba para mí, con aquella voz, llenando mi boca de exquisitos jadeos.

El océano calmo de su cuerpo fue recibiendo las olas que mis dedos le dibujaban, bañándome con su agua salada. Me deleitaba sumergiéndome en ese mar que excitaba mi cuerpo hasta cúspides inimaginables. Mi miembro se estremecía de placer ante ella…

Su boca dejó de cantar e imperceptiblemente se separó de mi. La ópera daba a su fin.

Con mi cuerpo excitado, ardiente, al rojo vivo… mis manos bañadas por su exquisito elixir, su voz llenándome todavía las entrañas… cerré su puerta.

Cuando volví a mi asiento, el tren comenzaba a proseguir su marcha llenándo todos sus compartimentos de luz…. Comencé a extender su cálido flujo sobre mi pene, cada vez mas rapidamente, entremezclando nuestros fluidos, imaginando ser transportado por su íntima flor y sabiendo que había sido la canción mas bellamente cantada.

(Mei Lan)

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